Septiembre 6 de 1999
Por Alberto Aguirre
¿Y a mí qué carajos me importa el bastón de Borges? Allí se exhibe, en su casa-museo de Buenos Aires, en vitrina bajo vidrio irrompible, en medio de otros chécheres, el palo que sostuvo su ceguera. Puesto para veneración de los devotos. Llegan los beatos borgianos y, a la vista de ese trasto, entran en éxtasis. Como las beatas ante la efigie de San Martín de Porres, prebendas de su cordón. Es el fetichismo. Una especie de aberración, que no se limita a los pueblos sudacas. En el amplio atrio de Royal Festival Hall, en South End, de Londres, se exhibe, entre otras, en urna también impoluta, la batuta de Sir Thomas Beecham. Esos dos palos nada dicen de Borges ni de Beecham. Ni de ellos, como seres, y mucho menos de sus obras y labores.
Es apenas testimonio del grado de idolatría (signo primitivo) que despierta el hombre que construyó una obra. Y lo grave es que tal adoración deriva en degradación u olvido de la obra misma. Han caído sobre la persona de Borges aguaceros de alabanzas, de datos, de anécdotas. Y los que alguna vez apretaron su mano no se han vuelto a lavar la propia desde entonces. Y estar en un retrato al lado de Borges es entrar en la gloria. Ya es ícono. Parece en proceso de beatificación.
Y la vida y biografía de Borges no tienen importancia. Él lo dijo: "No soy el insensato que se aferra / al mágico sonido de su nombre". Como no importa la biografía de ningún escritor, de ningún hombre. Lo que importa y acaso perdure es su obra. En su prólogo poético a Hojas de hierba, dice León Felipe: "¿Qué esperáis? ¿Falta algo? / ¿Se me ha olvidado alguna cosa? / - La biografía. / ¿La biografía de quién? / - La biografía de Whitman. / Walt no tiene biografía. / - ¿El gran vitalista no tiene biografía? / No, no tiene biografía. Ni autobiografía tampoco. / Su verdad y su vida no están en su prosa, están en su canción".
Borges, que era "solemnemente irónico" (Barone) se hubiera mofado con suma suavidad de todo este torrente de adulación que ahora lo baña como sirope. Esto dijo alguna vez: "La alabanza de la posteridad no vale mucho más que la alabanza contemporánea, que no vale nada".
Y a la adulación y adoración de los beatos se agrega la disección de los académicos. ¿Dónde está el verso? Recede, y queda como oculto bajo esa cortina de ditirambos. Y se esconde bajo el azote de los análisis inanes a que se somete su poesía. Piedad Bonett dice sandeces: "Kafka, en éste y otros (sic) sentidos, prefigura a Borges". Y qué aire doctoral cuando habla de "la propuesta borgiana de nuevas utopías y heterotopías". Tanta baba le quita al común mortal la gana de arrimarse a Borges.
La otra trivialidad es el cotejo. El mejor escritor de lengua castellana después de Cervantes. Los escritores no son como los aguacates; ni como los cométicos. Usted puede sostener, y con fundamento, que son mejores los polvos Helena Rubinstein que los de Elizabeth Arden. Hoy, para mí, puede ser mejor Borges; mañana Quevedo o Jaime Gil de Biedma. Según sea el tono de mi cuerpo, el color del aire, la lejanía de la mujer que amo.
Más poesía y más amor. Esto escribió Yeats: "Lo que puede ser explicado no es poesía".