sábado, 11 de noviembre de 2017

Catalina Ruiz Navarro no sabe leer a Gabriel García Márquez

Por: Juan David Torres Duarte *

Catalina Ruiz Navarro acaba de dar una clase ejemplar de cómo se pueden acomodar los hechos a una interpretación prejuiciosa. En su columna de este miércoles, Ruiz Navarro critica al Ministerio de Cultura por haber dejado a las escritoras colombianas por fuera de una serie de charlas sobre la literatura nacional que se darán en Francia. La crítica ante el error del Ministerio es ineludible: cometió una estupidez insalvable. Sin embargo, para probar su punto, Ruiz Navarro carga —porque sí— contra el supuesto machismo literario de García Márquez, una prueba de que desconoce por completo su obra y de que no tiene ni idea de literatura.

En el cuarto párrafo, Ruiz Navarro escribe: “Basta observar por un segundo a las mujeres que construye en su literatura nuestro adorado Gabriel García Márquez para ver que todas son musas, mozas o madres. (…) Que no se nos olvide que en Cien años de soledad a Remedios Moscote la casan cuando sólo tiene nueve años y muere luego de que Aureliano Buendía la viola (a esa edad, es violación) y la preña. Sobre Remedios la Bella se podría escribir un largo ensayo sobre la mirada predadora masculina y el acoso”.

Esas tres oraciones son de una ignorancia excesiva: sólo quien ha hojeado los libros de García Márquez sin atención alguna sería capaz de aseverar que todos sus personajes femeninos son “musas, mozas o madres”. ¿Por qué no recuerda a Pilar Ternera, la prostituta más digna de todo el Caribe? ¿Por qué no recuerda a la Mamá Grande, “soberana absoluta del reino de Macondo”, un retrato genial del poder femenino? ¿Qué diría Ruiz Navarro de Úrsula que, además de ser madre —a propósito, ¿qué tiene de malo ser madre?—, es la sobreviviente eterna, por su voluntad y por su fuerza, ante la debacle de Macondo?  ¿Y qué nos diría sobre Ángela Vicario, uno de los personajes principales de Crónica de una muerte anunciada, esa novela que Carolina Sanín calificó hace poco en Arcadia como “la mejor novela feminista que se ha escrito en América Latina”? ¿Qué tal si en su columna se hubiera tomado el trabajo de analizar también la pena que Rebeca Buendía enfrenta con decisión, la voluntad de fierro de Amaranta Úrsula y la resistencia de Isabel en La hojarasca? ¿Se olvidó de la tenacidad de la Cándida Eréndira?

En cambio, su interpretación es totalitaria: reduce a todos los personajes a sus papeles de “madre, musa o moza”. Eso es el totalitarismo, como señaló Kundera: ignorar que existen otras facetas de la vida. Es ella quien les otorga sólo ese papel y las ve sólo de ese modo, aunque en el papel tengan una riqueza infinita de dimensiones. Es ella quien decide evitarlas y formular, en cambio, un análisis moralista y pobre que habrían incluido en el Índice Católico de los Libros Prohibidos si aún existiera. Por eso le resultan muy convenientes las exégesis retorcidas de Remedios Moscote —un ejemplo, además, formulado a medias— y de Remedios La Bella para su tesis de García Márquez, el macho incontrolable. ¿Ruiz Navarro decidió dejar de lado el aura de empoderamiento que tiene Remedios La Bella, por completo desinteresada en ajustarse a las normas que determinan su comportamiento correcto como mujer? La columnista faltó a una regla de principiante de la escritura: documentarse. Tal vez sucumbió ante la peste del olvido.

Su columna se basa, además, en otros postulados tercos y sin fondo. Ruiz Navarro pone el ejemplo de Remedios Moscote como una manera de avisarnos que, si García Márquez lo escribe en su libro, es porque él mismo lo aprueba. Por ende, García Márquez, además de ser un machista, resulta siendo un encubridor de violadores. Pero no es más que otra prueba de que desconoce los procedimientos literarios: que un escritor de ficción describa una situación de ese calibre no significa que esté de acuerdo con ella, ni la apruebe, ni la glorifique. La representación literaria no implica complicidad. De hecho, la muerte de Remedios, luego de haber sido desprendida de su familia a una edad tan tierna, puede ser interpretada como el castigo merecido al que será sometido Aureliano durante toda su vida, a esa tristeza sin límites que lo dejará vagando por siempre. Pero su interpretación torcida, en cambio, encaja perfecto en la tesis que defiende: como vemos que Aureliano tiene sexo con una niña de nueve años, entonces García Márquez se convierte en mecenas de la perversión.

Bravo. Bravísimo.

Sus desatinos solemnes persisten (los comentarios entre paréntesis son míos): “Tan machista era Gabo que en su verde vejez (¡verde vejez! De seguro tiene pruebas suficientes para sustentarlo) tuvo el nervio de escribir las Memorias de mis putas tristes, que además de ser un irrespeto simbólico (porque el grado de respeto determina la calidad de una obra literaria) a su fiel esposa, Mercedes, que literalmente lo mantuvo para que escribiera su gran obra, es una fan fiction de La casa de las bellas durmientes de Kawabata, que cuenta la historia de una suerte de prostíbulo a donde los viejos verdes impotentes van a restregársele a doncellas dormidas, es decir, es un libro sobre violaciones”.

En ese párrafo, Ruiz Navarro deslumbra con otro golpe de su experticia literaria: además de que juzga Memorias de mis putas tristes como un diario de vida de García Márquez (que no lo es, es una novela, es decir, ficción, es decir, reinterpretación de la realidad a partir de la fantasía, es decir, está equivocada y mejor que vuelva a leer la novela), abofetea a Kawabata sólo por haber escrito un libro sobre violaciones. ¿Y acaso no se pueden escribir libros sobre ese tema? ¿Está vedado? Tal vez Ruiz Navarro podría contarnos qué temas pueden tocar los escritores de ficción y qué, más bien, deberían mantener escondido. Esa forma sutil de censura estética no le queda muy bien a alguien que se ha declarado feminista y, por lo tanto, protectora de los derechos y libertades básicas.

Toda su confusión inaudita y prejuiciosa parte de un punto debatido hasta el cansancio: Ruiz Navarro supone de manera ingenua que el escritor es lo mismo que su obra. Si lo juzgamos a él, podemos juzgar toda su obra (pobre Dostoiévski). En ese mismo párrafo, la columnista escribe: “Gabo habrá sido muy buen escritor, pero eso no quita lo machista”. Más allá de que hubiera sido machista o no (de nuevo, una acusación que ella jamás sustenta), los libros de García Márquez no dependen de la personalidad de su escritor, porque en la ficción (y esta es una lección básica de la que Ruiz Navarro prescindió o que nunca quiso tener en cuenta) se forman numerosas personalidades, el yo se ramifica, se expande hasta la desaparición, y al final ya no es posible decir si la vida creó la literatura o la literatura creó la vida. La literatura no va en un solo camino, como quisiera cualquier dogmático: es el camino de los desvíos.

Las novelas de García Márquez, como las de cualquier otro escritor dedicado, no son autobiografías: son realidades independientes, mundos que se sostienen por sí mismos, que reflejan de una manera estética (es decir, decantada y determinada por cierta técnica) aquello que existe afuera y también aquello que no. Es un juego de la imaginación —libre, merodeadora— que se tropieza con la realidad. Por eso, ni las novelas ni ningún arte deben postrarse ante la policía moral. En efecto, a Remedios Moscote la violaron, la casaron en contra de su voluntad. Pero eso es ver la mitad del cuento: uno de los derechos del escritor es justamente reflejar aquello que está fuera con delicadeza, con maestría. ¿Vamos a decir entonces que García Márquez aprobaba la Masacre de las Bananeras porque la representó en Cien años de soledad? ¿Se atrevería Ruiz Navarro a decirle a Joyce que es un puerco sin sentimientos por haber puesto a uno de sus personajes, Leopold Bloom, a limpiarse el trasero con la publicación de un poema de uno de sus escritores enemigos?

No es posible juzgar de manera equilibrada a un escritor con base en criterios morales, en categorías de los estudios de género o en el feminismo, como lo hace Ruiz Navarro (que evita la discusión real, la estética): hacerlo significa, de entrada, despreciar su valor narrativo, documental, literario y estético; aquello que, en últimas, es el don singular de la literatura. Sería como calzarle a una hormiga un zapato para elefante. El resultado siempre será una interpretación errada y, sobre todo, incompleta. Una obra literaria es un producto estético y debe ser juzgada bajo esos criterios (que son móviles e inestables, contrario al dogmatismo de los paradigmas, y allí radica su belleza). Sin embargo, si Ruiz Navarro insiste en su yerro, le propongo otro argumento para su lista: García Márquez era un inclemente asesino de la fauna nacional porque llenó un baño entero con mariposas amarillas en extinción.

*Periodista de El Espectador. 

viernes, 10 de noviembre de 2017

¿Dónde están las colombianas?

Por: Catalina Ruiz-Navarro

Con ocasión del año Colombia-Francia, el Ministerio de Cultura anuncia que a un evento literario que tendrá lugar en la Biblioteca del Arsenal, el 15 de noviembre en París, sólo llevará a diez escritores colombianos, todos hombres, como si en este país no hubiese escritoras.

Y escritoras colombianas sí hay. Nada más este año se publicaron Animales del fin del mundo, de Gloria Susana Esquivel; La perra, de Pilar Quintana; Al otro lado del mar, de María Cristina Restrepo; Tiempo muerto, de Margarita García Robayo (a quien sí invitaron a Francia, pero no pudo asistir); la biografía de María Cano por Beatriz Helena Robledo, y su vida ilustrada, en María Cano: Roja muy roja, de Gabriela Pinilla, y Un amor líquido, de Carolina Vegas, a quien muchas veces le preguntan que si contar la historia de su maternidad “es literatura”. Además están Carolina Sanín, Yolanda Reyes, Fanny Buitrago, y si esta lista fuese histórica se llevaría todo el espacio de la columna.

Ante la vergüenza de no llevar escritoras al año Colombia-Francia salieron a decir que “nadie había tenido la intención” de dejarlas fuera, como siempre, porque de hecho la mayoría de las veces el machismo no es intencional, está en esos primeros nombres que se nos ocurren y en las primeras imágenes que nos vienen a la mente. Que no se les ocurriera llevar cinco escritoras y cinco escritores sólo muestra que nuestra tendencia a considerar sólo a los hombres, a leer sólo a los hombres, funciona en automático. Cuando nos hacemos la pregunta sobre qué escritoras colombianas hemos leído, la respuesta suele ser que muy pocas. Los hombres escriben los libros de texto, las fotocopias de las lecturas universitarias, las novelas y la historia de Colombia.

Basta observar por un segundo a las mujeres que construye en su literatura nuestro adorado Gabriel García Márquez para ver que todas son musas, mozas o madres. Gabo habrá sido muy buen escritor, pero eso no quita lo machista. Que no se nos olvide que en Cien años de soledad a Remedios Moscote la casan cuando sólo tiene nueve años y muere luego de que Aureliano Buendía la viola (a esa edad, es violación) y la preña. Sobre Remedios la Bella se podría escribir un largo ensayo sobre la mirada predadora masculina y el acoso. Tan machista era Gabo que en su verde vejez tuvo el nervio de escribir las Memorias de mis putas tristes, que además de ser un irrespeto simbólico a su fiel esposa, Mercedes, que literalmente lo mantuvo para que escribiera su gran obra, es una fan fiction de La casa de las bellas durmientes de Kawabata, que cuenta la historia de una suerte de prostíbulo a donde los viejos verdes impotentes van a restregársele a doncellas dormidas, es decir, es un libro sobre violaciones. Estos son los tropos de los escritores latinoamericanos, los del Boom son casi todos asquerosamente machistas, y hasta Neruda en sus memorias confiesa una violación “casual” que el escritor comete cuando ve a la empleada que le arregla el cuarto y “le dan ganas”. Pero el machismo en la literatura no lo vamos a notar hasta que leamos a las mujeres. No puede ser que toda nuestra imaginación esté sólo alimentada por las ficciones que escriben los machos.

La consecuencia es gravísima, pues al borrar a las colombianas de nuestra mente les estamos quitando oportunidades, reconocimiento y derechos. La consecuencia es que no pensamos en las mujeres, y esto tiene efectos, porque de hecho somos la mayoría de la población. Por eso el Ministerio no invitó a las mujeres a Francia. Por eso cuando Adidas anuncia la nueva camiseta de la selección de fútbol colombiana, a la única mujer que incluyen en su promoción es a la exreina de belleza Paulina Vega Dieppa, y otra vez se les “olvidó” incluir a las deportistas, específicamente a las futbolistas colombianas que tienen resultados internacionales mucho mejores que nuestra amada “selección” de hombres. Casi todas las colombianas que se destacan en su campo lo hacen esforzándose el doble que sus colegas hombres y son invariablemente cuestionadas. Aquí están, son excelentes, y no las vemos porque crecimos imaginando que no existen. Que no existimos.

Fuente: https://www.elespectador.com/opinion/donde-estan-las-colombianas-columna-722179

miércoles, 8 de noviembre de 2017

El odio a la democracia y los autoritarios camuflados

Por: Ariel Ávila

Ha sido increíble leer cómo algunos supuestos demócratas, defensores del voto como mecanismo para escoger a quienes nos gobiernan, son en realidad unos autoritarios camuflados, que utilizan discursos populistas y trasnochados para justificar sus posturas.

El próximo 19 de noviembre se realizará la consulta liberal para escoger, entre tres precandidatos, quién representará al partido en las elecciones del próximo año, también se espera que en marzo al menos dos sectores realicen consultas para escoger candidatos: el sector de los Verdes y la coalición del uribismo con una disidencia del Partido Conservador. La consulta liberal se hace en una fecha no electoral y por ende el costo de la misma es sustancialmente más caro que aquella que se hace en calendario electoral ordinario. Se cree que podría valer alrededor de 85.000 millones de pesos.

Una vez se conocieron las cifras fue común ver en redes sociales o escuchar a analistas demócratas manifestar que eso valía mucho, que esa plata podría ir a la salud, educación, acueductos, o también para sobrellevar el hambre de los niños de La Guajira. El argumento moralmente es muy fuerte, preferible utilizar la plata en comida para niños  que en papeletas y cajas de cartón.

Sin embargo, al profundizar en el debate la situación se vuelve complicada. Al menos surgen tres argumentos. Por un lado, uno de los mayores desafíos en nuestras democracias es lograr la democratización de los partidos políticos. A comienzos del siglo XX, Michels, uno de los mayores estudiosos sobre partidos políticos, formuló la famosa teoría de la “ley de hierro de la oligarquía en los partidos políticos”.  Quedó  marcada en un libro que es de lectura obligatoria para cualquier sociólogo o politólogo. Según esta ley, cuando una agrupación política se crea tiende a estar muy cerca de sus bases sociales, pero a medida que va pasando el tiempo y el partido se estructura, se produce un alejamiento de las bases. A este proceso se le denominó oligarquización, donde un grupo pequeño de personas tiende a manejar el partido y donde la democracia dentro de la estructura política no funciona.

Las principales figuras en nuestras democracias son los partidos, pero son antidemocráticos por dentro. Por ello uno de los principales retos es lograr democratizar los partidos por dentro, es decir, evitar el famoso dedazo, donde el jefe del partido es el que escoge. Pues bien, una de las herramientas principales, aunque no es la única, ni la más importante, es la consulta. Eso mejora la salud de la democracia. Imagínense que desde ahora en adelante se prohíban las consultas a todos los partidos con la disculpa de que no hay plata.

El segundo argumento es que la democracia funciona bajo esas reglas. Ese es el costo. En regímenes autoritarios o dictatoriales los costos son otros, pero en las democracias hay que gastar plata en los mecanismos de participación. Tal vez la consulta de partidos no mejore la democracia en lo práctico, pero si no existen sí empeoraría el escenario democrático. Es mejor tenerlas que no tenerlas. Así las cosas, si se es demócrata se debe aceptar el mecanismo, y no disfrazar el odio a la democracia con discursos poco elaborados y populistas.

El tercer argumento es que las consultas deben ser abiertas y promocionarse para que participen ciudadanos de opinión y no solo maquinarias. Gracias a ese discurso de los populistas se pasó de una consulta de 85.000 millones de pesos que garantizaba 11.000 puestos de votación y 30.000 mesas, ahora el recorte presupuestario significa pasar a una consulta con 4.381 puestos y 10.000 mesas. Es decir, mucha gente, sobre todo la población rural no podrá votar. Una democracia solo para algunos.

Si queremos construir escuelas, hospitales, darle de comer a los niños, invito a que la población sea más seria a la hora de votar y que no voten por bandidos, a mis amigos de opinión y de los medios les digo que vigilen mejor a los políticos en lugar de rendirles pleitesía, con ello obligaremos a los políticos a rendir cuentas, pero no la emprendan contra la democracia. O si lo van a hacer, acepten que son autoritarios.

Fuente: http://www.semana.com/opinion/articulo/el-odio-a-la-democracia-y-los-autoritarios-camuflados-de-ariel-avila/545761